Los residuos tecnológicos acumularán 82 millones de toneladas para 2030

 

Por: Franco Rivero 

La basura electrónica crece cinco veces más rápido que su reciclaje. En ese escenario, el fin de las actualizaciones y la pérdida de compatibilidad con las aplicaciones de streaming plantean un nuevo desafío: cómo extender la vida útil de los dispositivos que todavía funcionan.

La tecnología avanza a un ritmo cada vez más acelerado, pero no todos sus componentes envejecen de la misma manera. Mientras las pantallas de los televisores pueden seguir funcionando durante años, sus sistemas operativos y aplicaciones quedan expuestos a un ciclo de renovación mucho más corto. El resultado es una paradoja: equipos que todavía sirven para su propósito principal pueden perder parte de su utilidad por decisiones vinculadas al software.

El problema se inscribe en una crisis ambiental de escala global. Según el Global E-waste Monitor 2024, elaborado por organismos de Naciones Unidas, en 2022 se generaron aproximadamente 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo. De ese volumen, apenas el 22,3% fue documentado como recogido y reciclado de manera ambientalmente adecuada.

El informe proyectó que, si se mantiene la tendencia, la generación anual podría alcanzar los 82 millones de toneladas en 2030. Además, la producción de estos residuos está creciendo casi cinco veces más rápido que su reciclaje, una brecha que pone en evidencia los límites del modelo actual de consumo tecnológico.

Cuando el televisor funciona, pero deja de ser inteligente

Los televisores inteligentes representan un ejemplo concreto de esta problemática. Su vida útil no depende únicamente del estado del panel, la retroiluminación o los componentes electrónicos, sino también de la continuidad del soporte de software.

Con el paso de los años, algunos modelos dejan de recibir actualizaciones del sistema operativo. En otros casos, determinadas aplicaciones de streaming dejan de ser compatibles, pierden funciones o ya no reciben nuevas versiones.

Esto no significa necesariamente que el televisor haya dejado de funcionar. Puede seguir ofreciendo una buena calidad de imagen y sonido, pero perder prestaciones que justificaron su compra, como el acceso directo a las principales plataformas de entretenimiento.

La situación genera una diferencia importante entre la vida útil física y la vida útil funcional de un dispositivo. Un equipo puede permanecer en buenas condiciones materiales y, aun así, resultar menos atractivo o práctico para el usuario.

La duración del soporte varía según el fabricante, el modelo y la plataforma utilizada. Por eso, no existe un plazo universal que permita afirmar que todos los televisores inteligentes dejan de actualizarse después de determinada cantidad de años. Sin embargo, la discontinuidad del software constituye un factor que los consumidores deberían considerar al momento de comprar un equipo.

El costo ambiental de reemplazar lo que todavía sirve

El problema no se limita a la experiencia del usuario. Fabricar un nuevo televisor requiere materias primas, energía y procesos industriales que generan un impacto ambiental. A esto se suma la gestión del equipo descartado, que puede contener materiales recuperables y sustancias que requieren un tratamiento específico.

En su análisis sobre la basura electrónica, el medio español Newtral advierte que la generación de estos residuos crece mucho más rápido que su reciclaje. El fenómeno no responde a una sola causa: intervienen el aumento del consumo, la renovación frecuente de dispositivos, las dificultades de reparación y las limitaciones de los sistemas de recolección y recuperación de materiales.

En ese contexto, reemplazar un televisor únicamente porque perdió determinadas funciones inteligentes puede adelantar innecesariamente su descarte.

Sin embargo, hay una alternativa que permite separar ambas cuestiones: utilizar un dispositivo externo de reproducción multimedia. Un streaming stick, un reproductor conectado por HDMI o un pequeño equipo informático pueden aportar un sistema actualizado y recuperar el acceso a las aplicaciones, siempre que el televisor conserve las conexiones y prestaciones necesarias.

De esta manera, el usuario puede renovar la experiencia de uso sin reemplazar toda la pantalla. No es una solución aplicable a todos los casos, pero sí una opción que merece evaluarse antes de comprar un equipo nuevo.

Más años de actualizaciones, menos residuos

Extender el soporte de software es una de las medidas que pueden contribuir a prolongar la vida útil de los dispositivos electrónicos. También resultan relevantes la disponibilidad de repuestos, la reparación, la reutilización y la existencia de canales adecuados para recuperar los materiales cuando un equipo llega efectivamente al final de su vida útil.

Para los fabricantes, el desafío consiste en considerar la durabilidad más allá de la resistencia física del producto. La política de actualizaciones, la compatibilidad con aplicaciones y la posibilidad de mantener las funciones principales durante más tiempo también forman parte de la experiencia de compra.

Para los consumidores, la recomendación es evaluar estos aspectos antes de elegir un televisor: cuánto tiempo se compromete el fabricante a brindar actualizaciones, qué sistema operativo utiliza y qué alternativas existen si pierde compatibilidad con las aplicaciones más populares.

La responsabilidad también alcanza a los gobiernos y a los sistemas de gestión de residuos, que necesitan facilitar la recolección y el reciclaje adecuados de los equipos descartados.

La obsolescencia también puede ser digital

La discusión sobre la basura electrónica suele concentrarse en los dispositivos que se rompen o quedan técnicamente superados. Pero existe otra dimensión menos visible: la de los productos que todavía funcionan, aunque pierden utilidad debido a la evolución del software.

No toda discontinuidad de actualizaciones implica obsolescencia programada, ni todos los equipos pueden mantenerse indefinidamente. Los sistemas operativos necesitan evolucionar y existen limitaciones de seguridad, rendimiento y compatibilidad. La cuestión es cuánto tiempo resulta razonable mantener el soporte y qué alternativas se ofrecen cuando termina.

En un mercado que impulsa constantemente nuevas generaciones de dispositivos, extender la vida útil de los productos puede ser tan importante como mejorar su eficiencia o desarrollar materiales más fáciles de reciclar.

Si la basura electrónica continúa creciendo a un ritmo muy superior al de su recuperación, el desafío no será solamente reciclar más, sino también necesitar reemplazar menos. Y, en el caso de los televisores inteligentes, eso implica reconocer que una pantalla no debería convertirse en un residuo prematuro simplemente porque su software dejó de acompañarla.

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